Tercer parcial.
Dentro del paradigma antropológico (por antropológico, me refiero a una concepción del hombre) que nos dejan las éticas de libertad-responsabilidad, el tema del motivo es de central importancia, siendo este el motor y explicación de las acciones voluntarias. El tema del motivo, si bien se encontraba poco más que esbozado en el concepto de “la buena voluntad acorde al deber” (en tanto que ahí, lo que define la bondad o maldad ética de los actos es, precisamente, qué tan motivados estén estos por el deber como concepto absoluto), no encuentra su máxima expresión hasta que, después de ser reinventado el tema en las éticas de la libertad, se abordó de una manera mucho más completa bajo el concepto de valor.
El valor, como tal, abarca el tema de la virtud, del motivo, de la idea y en general, del fundamento de la moral; de modo que está implícito desde el inicio de la reflexión filosófica sobre los actos humanos; es decir, el tema es tan antiguo como la ética misma. Sin embargo, formulado como tal y tratado de manera global e independiente (es decir, bajo la rama de la axiología), el valor ocupó el protagonismo hasta Max Scheler, quien por muchos es considerado el padre de la axiología.
Axiología proviene del griego “axios”, raíz de la cual también obtenemos la palabra “eje”, y que significa como tal, “valioso”. Así pues la axiología estudia el valor, pero su palabra emparentada nos ayudará a entender en qué sentido hablamos de “valor”.
Valor como no se define sino como aquello que es sujeto de valoración, algo a lo que se le da una importancia. Valor es aquello que “vale”, pero también que “vale la pena”; algo que merece. ¿Qué es lo que merece? Un pago, un precio y, a veces, un sacrificio.
Lejos del discurso tradicional de valores, en el cual se enuncian un número determinado de, a veces también denominadas, virtudes morales; con una cierta escala y a veces (aun peor) un antagónico “antivalor”, la axiología en ética es más comprensiva con el concepto de “valor”, es decir, lo aborda desde un concepto más amplio, existiendo un número indeterminado de valores, en potencialmente infinitas manifestaciones, representaciones, encarnaciones y formas de vivirlo. Entendiendo, como las éticas de libertad-responsabilidad nos lo sugieren, y como también Sócrates nos había advertido desde las primeras reflexiones de la ética, que todos los actos humanos voluntarios (actos sujetos de valoración moral) pueden explicarse y ordenarse a un motivo que las impulse; rápidamente podemos entender el problema del discurso del “antivalor”.
Tomando el ejemplo de la honestidad, el discurso del antivalor nos sugerirá que a éste se le corresponde el antagónico “antivalor” de la deshonestidad; y que uno puede, o bien poseer el valor (como si fuese aditamento) de la honestidad, o bien poseer el antivalor de la deshonestidad. Sin embargo, desde las perspectivas antropológicas que hemos revisado, ¿cómo puede una acción ordenarse o entenderse desde la deshonestidad? Como tal, la afirmación de evidencia de Sócrates de que “nadie obra deseando un mal” (y con la cual sostiene que la ignorancia es la causa de éste, pues se obra por un bien aparente, que en realidad encierra un mal) nunca pudo ser del todo refutada. Aún en los contraejemplos al socrato-platonismo que Aristóteles expuso en Ética Nicomaquea (el tema del incontinente y del acrático), no puede admitirse que la acción sea motivada por algo que el sujeto, en plena consciencia y salud mental puede entender como malo de suyo. Incluso el hombre perverso, aquél que puede compararse con los psicópatas y sociópatas de hoy en día, obra ignorando voluntariamente o involuntariamente, el proceso de juicio moral de sus acciones, más no las obra en tanto que las concibe como un mal que sea un mal para él mismo. Así, y aún más concediendo que la mayoría de los agentes morales afortunadamente no se corresponden con la imagen del hombre perverso de Aristóteles, ¿cabe hablar de la deshonestidad como un motor de acción, es decir, como un equivalente en negativo del valor? Definitivamente debemos admitir que cuando una persona miente o engaña, más que hacerlo por el placer o el resultado de, de hecho, mentir y engañar, lo hace con una finalidad posterior que el mismo sujeto pone por encima del valor de la honestidad. Esto es lo mismo que decir que la acción deshonesta es motivada por un valor diferente a la honestidad, que es antepuesto a ella.
¿Pero esto no implicaría decir que los valores pueden motivar acciones malas? En cierto sentido, sí. Un valor por sí mismo no puede ser malo, pero en su aplicación (en su forma de vivirlo), el hombre puede hacer uso de el (ejercerlo) de una manera tal que violente ciertas normas morales, sociales, o legales; sin hacer esto que el valor sea como tal bueno o malo moralmente.
Diremos que el valor en sí mismo es bueno SIEMPRE, en tanto que ese carácter de bien que tiene es lo que hace que al menos una persona pueda valorarlo y elevarlo a calidad de valor; más esto no equivale a decir que un valor, de suyo, motivará acciones buenas. Entre el valor y la acción resultante se encuentra el agente moral, y es él el que será encargado de hacer la acción moralmente aceptable o no.
¿Qué es lo que caracteriza al valor como tal? Para responder esto, debemos antes que nada hacer una distinción necesaria, y esta es la diferencia entre valor y bien. Bien aquí no se refiere a la idea platónica de Bien, o al bien moral, sino al bien entendido como un objeto particular que se tiene por valioso; como cuando hablamos de “los bienes” que posee una persona o institución. Su diferencia respecto al valor estriba en que justamente, el bien es el depositario del valor, es esa instancia particular, ese objeto finito y presente al cual se valora; y el valor es la relación que el sujeto tiene con ese objeto (una relación valoral, es decir, una en la cual se le considera valioso). De este modo, el bien es un objeto finito; el valor es una idea infinita. El bien es particular, y el valor es universal.
Cuando decimos que el valor es universal, nos referimos básicamente a que es susceptible de ser valorado por cualquiera, y no que tiene que ser valioso para TODOS Y CADA UNO. Esta aclaración vale hacerse porque cuando hablamos de “valores universales” y tenemos como referente el discurso de los valores en su forma tradicional, podemos vernos tentados a pensar que nos referimos justamente a un valor “cardinal” que debe (y está) presente para todos por igual. Sin embargo esta posición nos pone en peligro de hablar de los valores desde una moralidad específica, es decir, prejuiciados desde una perspectiva determinada y tomándola dogmáticamente como la única perspectiva válida a tratar desde el tema del valor. Dado que hemos aclarado cómo este discurso no es válido en realidad, y hemos reconocido como el tema del valor ha estado presente SIEMPRE y en TODAS Y CADA UNA de las propuestas éticas, consideramos una nota importante y valiosa el hecho de que la axiología nos permita una pluralidad de enfoques y sea comprensiva con multitud de propuestas éticas.
La universalidad del valor le viene de que se trata de un ente ideal, es decir, de que es una idea y como tal, no tiene una existencia independiente del ente racional que la formula. Esto nos conduce al tema de la naturaleza del valor y sus orígenes.
Hay quien ha considerado al valor de manera semejante a una idea platónica, es decir, como entes con una existencia propia, y una dignidad superior a los entes materiales; ideas de las cuales participarían (del mismo modo que las Formas en Platón) las acciones y las personas. Considerado así, el valor, más que ser la relación que se tiene con un bien, es aquella Forma que se conoce a través del bien (de manera análoga al conocimiento de las cosas materiales en la doctrina platónica). Sin embargo, el problema de esta perspectiva radica en las mismas críticas que Aristóteles ya había hecho a su maestro hace 5 siglos, aunada a una muy importante cara a nuestro asunto: ¿quién creó las ideas del valor? La única respuesta convincente a esto sería Dios, pero además del problema de cómo hablar entonces de axiología con un interlocutor no-creyente, está el problema de la finitud del valor como idea platónica. ¿El valor entonces sería eterno? ¿Los valores que creó Dios son los únicos posibles? Y si es así, entonces ¿cuántos y cuáles son ellos? ¿Es imposible hablar de otro valor diferente? ¿Cómo es que los valores, teniendo estas características, pueden dar a luz acciones de aspectos tan diferentes? Todas estas dudas quedan sin resolver cuando entendemos al valor como idea platónica; y este hecho además nos permite darnos cuenta que es esta concepción del valor la que ha permitido el discurso del valor tradicional que hemos visto siempre (con un número determinado de valores, en una jerarquía inamovible y con un catálogo de antivalores que se corresponden a ellos).
Desde un punto de vista alternativo, el valor puede entenderse como la relación valoral que un sujeto o agente moral establece con una cosa cualquiera, a la cual le dota un valor cualquiera, con, inicialmente, una importancia medible sólo subjetivamente. De este modo, el valor lo crea el ser humano, cada vez que conoce algo distinto y le dota de valor y se relaciona con esa idea de esa particular forma. Esto permite entender que los mismos valores, a veces incluso encarnados en bienes similares, pueden tener importancias muy diferentes a los ojos de un hombre u otro. Esto también nos permite entender que estas diferencias no solo se encuentran entre sujetos diferentes, sino incluso en el mismo sujeto, en momentos distintos del tiempo.
En efecto, la modificación o reinterpretación de los valores es un proceso constante y natural, no solo en el sujeto particular, sino en la humanidad en todos sus niveles, incluidas las sociedades. Las así llamadas “crisis” de valores son tomadas como tales justamente porque, con el paso del tiempo y las circunstancias, el ser humano aprende (o incluso, deja de poder) a vivir valores nuevos, o los mismos de formas diferentes. La incapacidad de muchas personas de entender los valores de los otros, desde una posición empática, es lo que lleva a posturas autoritarias en las cuales tachamos al otro de “carecer” de valores, solo por el hecho de nosotros no poder entender su muy distinta y válida escala valorativa, o su manera de vivir un valor que nosotros creemos que sólo puede vivirse de una forma.
Los problemas que la diferencia de valores, tanto entre personas, pero principalmente, en los sujetos, son de importancia mayúscula. Siendo el valor el motor y explicación de las acciones, y siendo las acciones la manera en como el hombre puede construirse a sí mismo, el valor como tal es una parte crucial del tema del sentido de vida. Una crisis en la forma o posición de un valor puede dotar o despojar de sentido la vida y acciones de una persona, y a niveles más amplios, dar pie a sociedades y épocas que fácilmente podemos calificar incluso de neuróticas.
Para ayudarnos a superar los problemas de gran importancia que supone el estudio del valor, está la maniobra que fue expuesta como clarificación de valores, es decir, un ejercicio o proceso por el cual un valor y la relación que con él establece un sujeto moral, es esclarecida; con el propósito de autentificarla. En un proceso de clarificación de valores, el sujeto habrá de cuestionarse por el origen del valor en cuestión, en su vida; desde época, instancia de la cual lo aprendió y la manera en cómo fue asimilado inicialmente; para luego cuestionarse también si le ha causado conflicto con otros valores o en circunstancias particulares y el origen de que este conflicto fuese de tal forma; para posteriormente deliberar si el sujeto puede conservar ese valor, o conservarlo en la misma posición que lo tiene, o viviéndolo de la misma manera que lo ha hecho hasta ese momento, para después plantearse si está dispuesto o no a hacerlo.
Autentificando las relaciones del sujeto con el valor de esta manera, se superan problemas de muy diversas naturalezas, ayudando al hombre a poder seguir decidiendo y viviendo de una manera mucho más plena y enriquecida; que reditúa también en un modo de vida mucho más moral y honesto.
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